GISELLE O LA ETERNIDAD PARA MÍ Palabras de presentación del libro Alicia Alonso o la eternidad de Giselle

GISELLE O LA ETERNIDAD PARA MÍ

Palabras de presentación del libro Alicia Alonso o la eternidad de Giselle

Sala Rubén Martínez Villena, UNEAC, 18 de diciembre de 2014.

Roberto Méndez Martínez

Con la presencia de Alicia Alonso, Miguel Barnet, Presidente de la UNEAC, Pedro Simón, Director del Museo de la Danza, y Roberto Méndez quien tuvo a su cargo la presentación del libro. Estuvieron presentes,  Aurora Bosch, Adolfo Roval, Ricardo Reymena, Miguel Cabrera, Pedro de la Hoz, Nisia Agüero, el poeta Joaquín Baquero, Joaquñin Baquero, Carlos Ruiz de la Tejera, entre otros intelectuales y artistas cubanos.

20130928-195141.jpg

Alicia Alonso o la eternidad de Giselle es a la vez un libro útil, sorprendente y hermoso. Ese milagro ha sido posible gracias a Mayda Bustamante, periodista, promotora cultural, escritora, vinculada desde hace décadas, por trabajo y por amor, al Ballet Nacional de Cuba. Otros autores han publicado biografías o largas entrevistas a la estrella cubana, pero ella ha intentado algo mucho más complejo, una labor como la que desarrollaban los polifonistas venecianos, colocar múltiples voces en contrapunto, para formar un entramado único, porque este volumen, aparecido bajo el sello de Ediciones Cumbres nos regala una biografía singular, la del personaje de Giselle encarnado por Alicia, a partir de las memorias y consideraciones de la propia intérprete, así como desde los puntos de vista de muchísimos cronistas, desde aquel 2 de noviembre de 1943 en el escenario del neoyorkino Metropolitan Opera House, hasta 2013, es decir, siete décadas después.

El arte de la autora ha estado en no abandonarse a lo más fácil. Su labor no se ha limitado a recopilar textos y fotos y mezclarlos en uno de los tantos dossiers de aniversario que terminan acumulando polvo en ciertos archivos, sino que, conocedora a profundidad de la delicadeza y misterio de ese gran ballet romántico, ha sabido entregarnos las páginas reunidas de manera gradual, exquisitamente ordenadas como un corps de ballet que no irrumpe de golpe en escena sino que sabe aparecer, poco a poco, en el acorde preciso. Lo mismo sucede con las fotos, que no se limitan a conformar un anexo, sino que sirven como conductoras de la lectura, guías de una estela luminosa, de un magisterio que mientras más lo conocemos más nos asombra.

Cuando cortamos esa envoltura o crisálida que protege el volumen nos sucede lo mismo que al abrir, a veces, ciertas cajas de bombones: se despierta una delicada avidez que nos impele no al disfrute ordenado, sino a buscar, aquí y allá, esas esperadas delicias que convienen a ciertas horas de soledad o de crepúsculo. Nos entregamos a la contemplación de la foto que hacía décadas no mirábamos, repasamos el artículo en otro tiempo descubierto, o evocamos aquella función de la que fuimos espectadores y que hoy forma parte de la historia. Eso explica la secreta pedagogía de esta obra: enseña a través del disfrute, edifica una imagen a partir de sensaciones, unas veces vagas y flotantes como las luces de gas que envolvían en la escena de la Ópera de París la salida de Carlota Grisi de su tumba y otras, nos entrega esa claridad meridiana de las grandes verificaciones, como cuando Dulce María Loynaz nos dice de Alicia-Giselle: “Ella es verdaderamente una luz que se mueve” o cuando Cintio Vitier declara que: “Por ella Giselle se convirtió en una muchacha cubana bailando sola en el patio de su casa el misterio unitivo de las islas”.

Pero este libro, más allá del disfrute sensorial, es también un aporte notable a la historia de nuestra cultura toda, no únicamente la danzaria. Gracias a él es posible verificar cómo la relación Alicia Alonso – Giselle y me refiero no solo al rol, al personaje encarnado por ella, sino a la obra toda, se convierte en un nexo transformador para la artista y para la obra, de manera tal que una pieza paradigmática del romanticismo danzario europeo llegó en cierto momento a ser también un ballet cubano y a partir de allí fue posible el milagro de devolverla a Francia y al mundo, fresca y renovada, pero conservando sus mejores esencias: “Como hubiera querido verla Theóphile Gautier”. Se trata de uno de los más refinados ejemplos de lo que Don Fernando Ortiz llamara la transculturación.

En este sentido, el volumen es un gran homenaje a Alicia y a todo el arte cubano. La Giselle nuestra no solo motivó páginas admirables de algunos de los más exigentes críticos de danza de nuestro tiempo, sino que inspiró obras literarias en verso o en prosa que requerirían de un volumen aparte, sin olvidar esas creaciones plásticas – pinturas, dibujos, grabados, fotografías- que atesora el Museo de la Danza. Nuestra Alonso, a la vez que logró el más alto grado de reconocimiento universal, contribuyó a fecundar la cultura de su Isla, no solo porque fundó una compañía de ballet, ni porque su baile dio lugar a un estilo, a una escuela, sino porque despertó muchas fuerzas creadoras y ayudó a concertar una plenitud de talentos cuyos frutos nos rodean hoy.

No quiero concluir sin una breve evocación de otros días que el libro me hizo revivir: en mi adolescencia camagüeyana, yo seguía, domingo a domingo, el programa Ballet, por la emisora CMBF; gracias a sus productores: Pedro Simón y Miguel Cabrera, pude conocer las noticias y comentarios sobre el montaje de la versión cubana de Giselle en 1972 en la Ópera parisina, eso fue tan importante para mí como descubrir por aquellos días en un cine de barrio la versión fílmica de Enrique Pineda Barnet que desde entonces he visto muchas veces. Pocos años después, cuando llegué a La Habana para estudiar en la Universidad, comencé a escribir mis primeras críticas de ballet, acreditado por El Caimán Barbudo, de modo que no solo pude asistir a aquella histórica gala por el trigésimo quinto aniversario del debut de Alicia en Giselle y presenciar ese momento que hoy es un instante mítico de nuestra escena: aquél en que la bailarina fue coronada de laurel por Anton Dolin, escoltado por Igor Youskevitch y Jorge Esquivel, sino que pude conversar en ese y otros Festivales con Anton Dolin, Walter Terry, Ann Barzel, auténticos maestros para mí. Por entonces conocí a Mayda Bustamante, a cargo de las Relaciones Públicas y la Divulgación en el Ballet Nacional, gracias a ella pude disponer de invitaciones cada noche para las temporadas de la compañía en el Teatro García Lorca, a cambio de entregar una reseña crítica que sería leída en el programa Ballet el domingo. Tal cosa resultó se me convirtió en un aprendizaje gustoso y decisivo para mi carrera intelectual que nunca voy a olvidar.

Hoy, casi siete lustros después de aquellos instantes privilegiados, la amistosa deferencia de Pedro Simón me ha convocado a presentar este libro y apenas me atrevo a añadir: gracias Alicia no solo por convertir a Giselle en una obra auténticamente cubana y universal, sino por hacérnosla vivir a cada uno de los cubanos como una íntima y fructífera experiencia.

Anuncios