NUESTRO LIBRO. EL MEJOR REGALO PARA ESTAS NAVIDADES

NUESTRO LIBRO. EL MEJOR REGALO PARA ESTAS NAVIDADES

REGALA CULTURA

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Sobre: Más allá del escenario: el ballet Muerte de Narciso de Alicia Alonso de Roger Salas. Magaly Sánchez.

Pero no quiero seguir sin opinar un poquito mas extenso sobre el libro,que es una perfección, y me parece increíble que haya salido tan bien editado e impreso.

El texto de Roger  Salas, su ensayo, desenfadado  y culto, no solo aborda un hecho artístico con un punto de mira harto conocedor propio del género que lo convoca, sino que luce el aliento propio de quien tiene sobrado talento, sensibilidad,  erudición, y conocimiento profundo de la materia que trata , para convertir el ensayo en texto de alta literatura, y confiere así al primer título publicado por la joven Editorial una envergadura consagratoria. Del mismo modo hermosos los poemas incluidos.
El libro en sí, como objeto, aparece con todos los elementos precisos como para señalar este regalo de Editorial Cumbres,  en su cuadernos Tepsícore, también como una muestra de cuidada edición.

Libro al que en una primera lectura no encontré errata, finamente dividido en las secciones elegidas. Ilustraciones y fotos de primer rango. Portada sugerente y hermosa y a continuación las secciones del libro, tan bien pensadas.
Se percibe  una o más manos conocedoras del arte de la edición e impresión.  Estos cuidados obligan a  guardar ustedes como una verdadera joya este libro.

Yo espero coleccionar los títulos futuros y me envanezco de tener amigos tan audaces, tan cultos, tan inspirados, tan amantes de la cultura a todo riesgo.

Le pronostico a esta Colección mucho éxito,  sin duda constituirá un manjar para coleccionistas y amantes de estas manifestaciones de arte.
Pronostico además una Editorial que hará historia.

Magaly Sánchez.
Periodista, Poeta y narradora.

Roger Salas sobre Muerte de Narciso: un espejo de palabras para entender mejor la danza. Por Baltasar Santiago Martín

Roger Salas sobre Muerte de Narciso: un espejo de palabras para entender mejor la danza

Baltasar Santiago Martín.

ImagenFundación APOGEO. Miami 08/10/2012

 El mito de Narciso

 En la versión romana, contada por Ovidio –que es el relato más conocido sobre el mito de Narciso, incluido en su tercer libro de Las Metamorfosis en el año 43 antes de Cristo–, la historia comienza a partir de la concepción del niño Narciso, que fue fruto de la violencia sexual, pues el dios-río Cefiso, después de raptar y violar a la náyade Liriope, engendró en ella a un joven de espléndida belleza, a quien dieron por nombre Narciso. Preguntado sobre si el recién nacido tendría una larga vida, Tiresias, el sabio capaz de predecir el futuro, contestó crípticamente: “Sí, siempre y cuando nunca se conozca a sí mismo”.

A lo largo de su vida, Narciso provocó, en hombres y mujeres, mortales y dioses, grandes pasiones, a las cuales nunca pudo corresponder por su incapacidad para amar y para reconocer al otro. La ninfa Eco, una de las tantas jóvenes enamoradas de Narciso, había disgustado a Hera, la esposa de Zeus, y esta le había impuesto como castigo repetir las últimas palabras de todo lo que escuchara. Un día, mientras Narciso caminaba por el bosque, Eco se apartó de sus compañeros, y cuando él preguntó: “¿Hay alguien aquí?”, Eco respondió: “Aquí, aquí” y Narciso ripostó: “¡Ven!”. Después de repetir: “Ven, ven”, Eco, ilusionada, salió de su escondite entre los árboles con los brazos abiertos, mas Narciso la rechazó sin miramientos, por lo que la ninfa, desolada, se ocultó en una cueva, y allí se consumió hasta que solo quedó su voz. Para castigar a Narciso por su altanera crueldad, Némesis, la diosa griega de la venganza, hizo que se enamorara de su propia imagen, reflejada en “una fuente extremamente clara, plateada, de ondas transparentes, que ni los pastores, ni las cabras que pacen en la montaña ni ningún otro animal habían tocado jamás; que ningún pájaro había enturbiado, ni rama caída del árbol”, según reza en el texto ovidiano, donde, incapaz de dejar de contemplar su propia imagen, acabó arrojándose al agua. En el sitio donde su cuerpo se sumergió nació una hermosa flor, llamada “Narciso” en honor a su memoria.

Existe otra versión anterior, de origen helénico, en la que el joven Ameinias ama a Narciso, quien, como burla, le entrega una espada con la que Ameinias se suicida ante la casa de Narciso, después de rezarle a la diosa Némesis para pedirle que un día Narciso sufra la pena del amor no correspondido. Narciso se enamora entonces de su propia imagen reflejada en un estanque, e intenta seducir al hermoso joven que allí ve, sin darse cuenta de que se trata de él mismo, hasta que intenta besarlo. Transido de dolor, se suicida con su espada, y su cuerpo se convierte en una bella flor conocida como “Narciso”.

 

El Narcisismo de los creadores

 

A su vez, Narcisismo es una alusión al mito de Narciso, amor a la imagen de sí mismo, “amor que dirige el sujeto a sí mismo tomado como objeto”, “desplazamiento de la líbido del individuo hacia el propio cuerpo, hacia el ‘yo’ del sujeto”, concepto planteado por Sigmund Freud, el padre del psicoanálisis, a través de su Introducción del narcisismo, aunque ya lo había utilizado anteriormente en su obra, mas no con tanta precisión conceptual.

No es nada extraño entonces que tantos escritores y poetas –además de Lezama–, como William Shakespeare, Oscar Wilde, Paul Valery, Lope de Vega, Calderón de la Barca, Sor Juana Inés de la Cruz, Federico García Lorca, Antonio Machado, Jorge Guillén, Jorge Luis Borges, Max Aub, Andre Gide, Manuel Altolaguirre, y el propio Roger Salas; varios coreógrafos, como Mijaíl Fokin, Maurice Bejart, Edward Villela, Alicia Alonso –en 1954 y de nuevo en el 2010–, e Iván Tenorio; renombrados pintores y escultores, como Caravaggio, Tintoretto, Placido Constanzi, John William Waterhouse, Paul Dubois y Salvador Dalí ; y reconocidos bailarines, como el mítico Vaslav Nijinski, el propio Fokin, Vladimir Vasiliev, Vladimir Malakov, y ahora Luca Giaccio, hayan sucumbido a la mórbida tentación de ir a las raíces de su propio e inconfesable “narcisismo”, “achacándole” al mito la culpa, mito que les toca tan de cerca, porque todo artista o creador es un enamorado de sí mismo, de su obra, de su creación, como Narciso de su reflejo en el agua, de lo cual el genial Charles Chaplin es uno de sus mejores exponentes, pues como regla general solo veía sus propias películas y no escuchaba otra música que no fuera la suya.

Salvador Dalí, uno de los pintores mencionados –otro hipernarcisista–, publicó un poema con el título de La metamorfosis de Narciso en París en el año 1937, en Éditions Surréalistes, donde recomendaba que debía leerse junto con la observación de su cuadro previo del mismo nombre. Cuando el poema llega a la muerte de Narciso, según la versión de Ovidio, y a su transformación en flor, aparece el amor, Gala, que le salva de su funesto destino. Es en esa estrofa final del poema donde tiene lugar la metamorfosis a que se refiere el título de la obra, mientras que en el cuadro, Dalí expone el drama humano del amor, la muerte y la transformación, conocido como “narcisismo” en psicoanálisis.

En julio de 1938 Dalí viajó a Londres para encontrarse con Freud, y durante la conversación que sostuvieron le mostró el cuadro, del cual Freud comentó: “Hasta hoy, me había inclinado a pensar que los surrealistas –que parece que me eligieron como su santo patrón– estaban totalmente locos. Pero este joven español, de ojos fanáticos y un dominio técnico indiscutible, me ha sugerido una opinión distinta. De hecho, sería muy interesante explorar analíticamente el crecimiento de una obra como esta…”

 

El libro de Roger Salas

 

Roger Salas, en su libro Más allá del escenario: el ballet “Muerte de Narciso” de Alicia Alonso, vuelve sobre el “imantante” mito –como diría Lezama–, ahora revivido por el ballet de la Alonso, y escarba con tino y gusto admirable en los antecedentes de la obra, para que los lectores se puedan ilustrar mejor con las enriquecedoras circunstancias de su argumento, precedentes literarios y coreográficos, y entender el porqué, luego de ver el video del ballet, desechó prontamente su prejuicio, confesado al inicio del texto, de que “lo veía como un ejercicio de consolación, más bien respetable, de poco valor testimonial y duradero”.

Pero Roger no ha estado solo en este empeño vindicador de la coreografía de Alicia Alonso, sino que ha tenido como cómplices exquisitos a la Editorial Cumbres y a Mayda Bustamente, su directora, que se estrenan precisamente con este texto de Salas, que inaugura también los Cuadernos Terpsícore –la musa de la danza– de dicha editorial; una edición muy cuidada, deliciosa, totalmente a la altura de lo que se merece un mito inconmensurable como el de la Alonso, que contó también con la inapreciable colaboración de Pedro Simón, director del Museo Nacional de la Danza de la República de Cuba.

 

Alicia Alonso y José Lezama Lima

“En Alicia Alonso vive, muere, resucita y vuelve a morir para nacer mejor, el venerable grito de la tierra que hace la figura humana un árbol estremecido de ramas incansables”.

José Lezama Lima

Uno de los rasgos más admirables de Alicia Alonso, entre tantos, es su respeto y su admiración por la obra de otros creadores, detalle que desde muy joven siempre la ha caracterizado, muy lejos de esa opinión que la presenta como alguien que solo busca brillar ella. Si así fuera, se hubiera quedado bailando en Nueva York y no hubiera fundado el Ballet Nacional de Cuba, ni tampoco hubiera homenajeado a la Callas con La diva, así que se puede afirmar con toda justicia que la Alonso se ha sobreimpuesto a ese Narciso que como toda gran artista le es intrínseco.

Con respecto al autor del poema Muerte de Narciso, que le inspiró la coreografía homónina, la mutua admiración comenzó muy pronto.

En el año 1943 Alicia participó en los Festivales de Ballet de la Sociedad Pro-Arte Musical de La Habana, en elTeatro Auditórium de La Habana, donde interpretó personajes del repertorio tradicional y bailó en el estreno mundial de varias obras, entre ellas Forma, con coreografía de Alberto Alonso, música de José Ardévol y texto de José Lezama Lima, el 18 de mayo de 1943.

Forma, obra muy ambiciosa, apoyada en una partitura del compositor catalán, radicado en Cuba, José Ardévol, y en un poema de José Lezama Lima (publicado en el programa con ese único título), cuya primera estrofa dice así: “Mi dolor es el arco de la luna/que mi espalda refleja ni la estrella desnuda/que levanta una estrella contemplativa”…., contó con la participación directa de la Coral de La Habana, dirigida por María Muñoz, con Alicia y Fernando Alonso junto a Alexandra Denísova en los roles principales, y la escenografía y vestuario de los arquitectos Emilio del Junco y Eddie Montoulieu.

La crítica de la época, en la revista Grafos-Havanity, con la firma de Antonio Quevedo, publicaría lo siguiente: “Por su importancia, Forma puede parangonearse con los ballets modernos más logrados de nuestros días…. A pesar de la modernidad de Forma, sin apelación a los gustos tradicionales del público, ni en su aspecto coreográfico y mucho menos en el musical, el público lo recibió con verdaderas ovaciones, que por sí solas dicen más de la evolución del gusto colectivo, que todos los artículos periodísticos que sobre Forma han visto la luz….”

En 1949, desde las páginas del Diario de la Marina, el poeta, editor y ensayista, con su característico modo lleno de hipérboles y tan “barroco”, reconocía así la labor fundacional de Alicia:

 

No había entre nosotros la tradición de la danza, ni la del ritmo

elemental en las ceremonias de la invocación o de lo genesíaco.

Pero Alicia Alonso se adelanta en la posesión de muchas

tradiciones, allí donde la danza era cultura, un ejercicio de gracia

y de números para apresar la llama y el instante. (…) ¿Cómo

usted, Alicia Alonso, pudo hallar esa tradición, hacernos pensar a

todos en las posibilidades secretas de expresión y de forma que

algún día podrán ser estilo, aclaradas por la danza y aseguradas en

sus números de ejercicio?

 

Y en su texto Fiesta de Alicia Alonso, fechado en agosto de 1973, escribió:

 

Ella nos ha regalado lo que gusto de llamar el curso délfico, basado en una frase del Oráculo de Delfos: lo bello es lo más justo, la salud lo mejor, obtener lo que se ama es la más dulce prenda. No ha tenido que formar una escuela, bastaba su ejemplo, como una gran bailarina española decía: yo enseño bailando. Como el Sileno el día antes de su muerte, debe haber oído la voz de su daimon que le decía: ejercítate en la música. Inmediatamente el Sileno interpretó las voces y cogió su pequeña flauta y comenzó a ejercitar alguna nueva tonadilla. De la misma manera esa voz ha repetido constantemente por boca de Alicia Alonso a los cubanos: ejercítate en la danza.

(…) Para lograr que el cuerpo adquiriese su segunda naturaleza arquetípica, cuánta historia inverosímil de detalles, de sacrificios, de ejercicios donde la gracia se convierte en una exigencia sin límites. Su arte se ha mantenido a través del tiempo porque en el fondo de su maestría está el sacrificio —sacrificar está siempre en el fondo de la danza—, el renunciamiento a todos los disfrutes banales. Por eso ha podido trascender nuestras fronteras y ofrecer un arte universal. Cuando baila en París, por ejemplo, nos hace recordar una de las grandes épocas del ballet y soñamos que desde un palco la contemplan Proust, Matisse o Braque. Si algún día Alicia Alonso se decidiese a mostrar la historia de sus gestos, de sus movimientos, qué deliciosa novela proustiana no tendríamos.

 

El libro Alicia Alonso por José Lezama Lima fue consecuencia de una feliz iniciativa del doctor Pedro Simón, allá por el año 1994, para ser presentado durante el Festival Internacional de Ballet de La Habana; una verdadera joya, pues lo completan viñetas inéditas (hasta entonces) del ilustre artista de la plástica René Portocarrero; dibujos que habían sido obsequiados a Alicia por el pintor. Luego se tuvo la idea de reimprimir el texto, y tal ocasión fue propiciada por la conjunción del centenario del nacimiento de José Lezama Lima y del nonagésimo cumpleaños de Alicia en el 2010.

Alicia fue amiga de casi todos los poetas del Grupo Orígenes, quienes le dedicaron sentidas composiciones, y las crónicas “lezamianas” nos posibilitan un mejor acercamiento a la obra del inquilino de Prado y Trocadero, y su oportuna publicación y presentación durante los festejos por el natalicio de ambas figuras fue el mejor homenaje para estas dos figuras icónicas de la cultura cubana y universal, que tanto se admiraron y respetaron mutuamente en vida de Lezama, admiración que no ha cesado por parte de Alicia después de la muerte del poeta.

 

Alicia, la coreógrafa y sus espejos

Además de ser una de bailarinas más grandes de la historia, Alicia Alonso ha incursionado también con éxito en la coreografía. Desde que hizo su debut en 1942 como coreógrafa, con las obras La condesita y La tinaja –que además interpretó como bailarina–, la Alonso ha dado vida a más de medio centenar de coreografías y puestas en escena, que han sido bailadas en su gran mayoría por el Ballet Nacional de Cuba, muchas de ellas protagonizadas por la propia prima ballerina assoluta.

Sus versiones escénicas de varios ballets clásicos, como Giselle y La bella durmiente, entre otros, forman parte del repertorio de algunas de las más conocidas casas de ballet del orbe, como la Ópera de París, la Ópera de Viena, la Scala de Milán, el Teatro Colón de Buenos Aires, el Teatro San Carlo de Nápoles y la Ópera de Praga.

“No trato de hacer un ballet para una música. Cuando yo tengo un tema en la cabeza y oigo la música, digo: “Esa me gusta, me gusta”. Y entonces me dicen de qué compositor es. Y puedo hacer entonces mi ballet con esa música. Si tengo una idea y lo que escucho me pega, pues entonces va con él”, ha explicado la Alicia coreógrafa sobre la selección de la música para sus trabajos.

Durante la presentación del libro de Roger Salas en Madrid, junto al autor; su editora, Mayda Bustamante, y su esposo, Pedro Simón, director del Museo Nacional de la Danza, Alonso ha dicho: “Ha hecho consciente mi inconsciente. Me ha sorprendido la profundidad de su análisis (…) ¿Y se preguntan cómo se compone una coreografía sin ver? Sí, yo no veo bien, pero hago coreografías. Yo veía muy bien y mi cerebro —con tantas computadoras, ¿han olvidado ustedes que existe un computador mucho mejor?— ha guardado todo. Con dos ayudantes, uno para la música y otro para que escriba los pasos, logro verlo todo”.

Como ella misma ha reconocido, mientras su vista se lo permitió, “nunca dejó de mirar lo que bailaba”, lo que le ahora le permite construir “mentalmente” las coreografías. “La inspiración no se me acabará mientras viva”, ha dicho a la agencia de noticias EFE, “y espero sean 200 años”.

“Recuerdo más o menos la primera vez que hicimos Narciso. Lo monté, y justo antes del estreno tuve que irme a bailar a Estados Unidos, porque tenía un contrato. Nunca pude verlo terminado en escena y me quedé con ese deseo, con esa cosa por dentro. Yo quería verlo… Este nuevo montaje que estudia Roger Salas en el libro recoge una idea totalmente nueva, con todas las cosas que me habló Pedro Simón sobre Lezama Lima. Lo estudié bien profundo. Es completamente diferente”.

Aquel ballet a que se refiere Alicia se llamó Narciso y eco (1954), con música de Maurice Ravel, según datos proporcionados a Roger Salas por Pedro Simón, quien fue por cierto amigo de Lezama y hasta trabajó junto a él, según testimonio de la propia diva sobre la relación de su esposo con el escritor.

Aunque con distintas coreografías, la historia de Narciso, el joven enamorado de su propia imagen, se repite, pero ahora con un desenlace diferente. A juicio de la bailarina, “se trata de uno de los mitos griegos de mayor vigencia, clave en los tiempos del ego”. Luego abunda: “Su actualidad está en los jóvenes de hoy en día, es una lección para cualquiera de ellos. Esta coreografía es un estudio profundo sobre cómo uno se puede meter tan, tan dentro de sí mismo, hasta llegar a desaparecer. Leer el poema o verla es bueno para cualquier joven, porque la cultura es muy nutritiva, tanto como la comida”.

Muerte de Narciso, con música de Julián Orbón, telón de José Luis Fariñas y diseños de Ricardo Reymena, fue estrenado en el Gran Teatro de La Habana durante el 22º Festival Internacional de Ballet en el 2010, año del centenario del nacimiento de Lezama.

“No podíamos estar ajenos al centenario de Lezama. Lo conocí, tuvo palabras muy lindas hacia mí, y compartimos tareas en los primeros tiempos de la UNEAC (Unión de Escritores y Artistas de Cuba), cuando ambos fuimos vicepresidentes de la organización encabezada por Nicolás Guillén”, declaró Alicia en esa ocasión al diario Granma, y señaló que, en el caso de Muerte de Narciso, imaginó “a un joven en contacto con la naturaleza”.

“Para Lezama, al contrario del mito clásico, Narciso no acaba arrojándose al agua, sino trasciende al fugarse” , precisó Alonso, que utilizó para la obra piezas sinfónicas del cubano Julián Orbón, uno de los miembros del grupo Orígenes, fundado precisamente por Lezama.

 

El poema:

Muerte de Narciso

José Lezama Lima (1937)

Dánae teje el tiempo dorado por el Nilo

envolviendo los labios que pasaban

entre labios y vuelos desligados.

La mano o el labio o el pájaro nevaban.

Era el círculo en nieve que se abría.

Mano era sin sangre la seda que borraba

la perfección que muere de rodillas

y en su celo se esconde y se divierte.

Vertical desde el mármol no miraba

la frente que se abría en loto húmedo.

En chillido sin fin se abría la floresta

al airado redoble en flecha y muerte.

¿No se apresura tal vez su fría mirada

sobre la garza real y el frío tan débil

del poniente, grito que ayuda la fuga

del dormir, llama fría y lengua alfilereada?

Rostro absoluto, firmeza mentida del espejo.

El espejo se olvida del sonido y de la noche

y su puerta al cambiante pontífice entreabre

Máscara y río, grifo de los sueños.

Frío muerto y cabellera desterrada del aire

que le crea, del aire que le miente son

de vida arrastrada a la nube y a la abierta

boca negada en sangre que se mueve.

Ascendiendo en el pecho sólo blanda,

olvidada por un aliento que olvida y desentraña.

Olvidado papel, fresco agujero al corazón

saltante se apresura y la sonrisa al caracol.

La mano que por el aire líneas impulsaba

seca, sonrisas caminando por la nieve.

Ahora llevaba el oído al caracol, el caracol

enterrando firme oído en la seda del estanque.

Granizados toronjiles y ríos de velamen congelados,

aguardan la señal de una mustia hoja de oro,

alzada en espiral, sobre el otoño de aguas tan hirvientes.

Dócil rubí queda suspirando en su fuga ya ascendiendo.

Ya el otoño recorre las islas no cuidadas, guarnecidas

islas y aislada paloma muda entre dos hojas enterradas.

El río en la suma de sus ojos anunciaba

lo que pesa la luna en sus espaldas y el aliento que en halo convertía.

Antorchas como peces, flaco garzón trabaja noche y cielo,

arco y cestillo y sierpes encendidos, carámbano y lebrel.

Pluma morada, no mojada, pez mirándome, sepulcro.

Ecuestres faisanes ya no advierten mano sin eco, pulso desdoblado:

los dedos en inmóvil calendario y el hastío en su trono cejijunto.

Lenta se forma ola en la marmórea cavidad que mira

por espaldas que nunca me preguntan, en veneno

que nunca se pervierte y en su escudo ni potros ni faisanes.

Como se derrama la ausencia en la flecha que se aísla

y como la fresa respira hilando su cristal,

así el otoño que en su labio muere, así el granizo

en blando espejo destroza la mirada que le ciñe,

que le miente la pluma por los labios, laberinto y halago

le recorre junto a la fuente que humedece el sueño.

La ausencia, el espejo ya en el cabello que en la playa

extiende y el aislado cabello pregunta y se divierte.

Fronda leve vierte la ascensión que asume.

¿No es la curva corintia traición de confitados mirabeles,

que el espejo reúne o navega, ciego desterrado?

Ya sólo cae el pájaro, la mano que la cárcel mueve,

los dioses hundidos entre la piedra, el carbunclo y la doncella.

Si la ausencia pregunta con la nieve desmayada,

forma en la pluma, no círculos que la pulpa abandona sumergida.

Triste recorre – curva ceñida en ceniciento airón–

el espacio que manos desalojan, timbre ausente

y avivado azafrán, tiernos redobles sus extremos.

Convocados se agitan los durmientes, fruncen las olas

batiendo en torno de ajedrez dormido, su insepulta tiara.

Su insepulta madera blanda el frío pico del hirviente cisne.

Reluce muelle: falsos diamantes; pluma cambiante: terso atlas.

Verdes chillidos: juegan las olas, blanda muerte el relámpago en sus venas.

Ahogadas cintas mudo el labio las ofrece.

Orientales cestillos cuelan agua de luna.

Los más dormidos son los que más se apresuran,

se entierran, pluma en el grito, silbo enmascarado, entre frentes y garfios.

Estirado mármol como un río que recurva o aprisiona

los labios destrozados, pero los ciegos no oscilan.

Espirales de heroicos tenores caen en el pecho de una paloma

y allí se agitan hasta relucir como flechas en su abrigo de noche.

Una flecha destaca, una espalda se ausenta.

Relámpago es violeta si alfiler en la nieve y terco rostro.

Tierra húmeda ascendiendo hasta el rostro, flecha cerrada.

Polvos de luna y húmeda tierra, el perfil desgajado en la nube que es espejo.

Frescas las valvas de la noche y límite airado de las conchas

en su cárcel sin sed se destacan los brazos,

no preguntan corales en estrías de abejas y en secretos

confusos despiertan recordando curvos brazos y engaste de la frente.

Desde ayer las preguntas se divierten o se cierran

al impulso de frutos polvorosos o de islas donde acampan

los tesoros que la rabia esparce, adula o reconviene.

Los donceles trabajan en las nueces y el surtidor de frente a su sonido

en la llama fabrica sus raíces y su mansión de gritos soterrados.

Si se aleja, recta abeja, el espejo destroza el río mudo.

Si se hunde, media sirena al fuego, las hilachas que surcan el invierno

tejen blanco cuerpo en preguntas de estatua polvorienta.

Cuerpo del sonido el enjambre que mudos pinos claman,

despertando el oleaje en lisas llamaradas y vuelos sosegados,

guiados por la paloma que sin ojos chilla,

que sin clavel la frente espejo es de ondas, no recuerdos.

Van reuniendo en ojos, hilando en el clavel no siempre ardido

el abismo de nieve alquitarada o gimiendo en el cielo apuntalado.

Los corceles si nieve o si cobre guiados por miradas la súplica

destilan o más firmes recurvan a la mudez primera ya sin cielo.

La nieve que en los sistros no penetra, arguye

en hojas, recta destroza vidrio en el oído,

nidos blancos, en su centro ya encienden tibios los corales,

huidos los donceles en sus ciervos de hastío, en sus bosques rosados.

Convierten si coral y doncel rizo las voces, nieve los caminos,

donde el cuerpo sonoro se mece con los pinos, delgado cabecea.

Mas esforzado pino, ya columna de humo tan aguado

que canario es su aguja y surtidor en viento desrizado.

Narciso, Narciso. Las astas del ciervo asesinado

son peces, son llamas, son flautas, son dedos mordisqueados.

Narciso, Narciso. Los cabellos guiando florentinos reptan perfiles,

labios sus rutas, llamas tristes las olas mordiendo sus caderas.

Pez del frío verde el aire en el espejo sin estrías, racimo de palomas

ocultas en la garganta muerta: hija de la flecha y de los cisnes.

Garza divaga, concha en la ola, nube en el desgaire,

espuma colgaba de los ojos, gota marmórea y dulce plinto no ofreciendo.

Chillido frutados en la nieve, el secreto en geranio convertido.

La blancura seda es ascendiendo en labio derramada,

abre un olvido en las islas, espada y pestañas vienen

a entregar el sueño, a rendir espejo en litoral de tierra y roca impura.

Húmedos labios no en la concha que busca recto hilo,

esclavos del perfil y del velamen secos el aire muerden

al tornasol que cambia su sonido en rubio tornasol de cal salada

busca en lo rubio espejo de la muerte, concha del sonido.

Si atraviesa el espejo hierven las aguas que agitan el oído.

Si se sienta en su borde o en su frente el centurión pulsa en su costado.

Si declama penetran en la mirada y se fruncen las letras en el sueño.

Ola de aire envuelve secreto albino, piel arponeada,

que coloreado espejo sombra es de recuerdo y minuto del silencio.

Ya traspasa blancura recto sinfín en llamas secas y hojas lloviznadas.

Chorro de abejas increadas muerden la estela, pídenle el costado.

Así el espejo averiguó callado, así Narciso en pleamar fugó sin alas.

Lo que expresa la luna en sus espaldas

 

“Rostro absoluto, firmeza mentida del espejo.

El espejo se olvida del sonido y de la noche

y su puerta al cambiante pontífice entreabre

Máscara y río, grifo de los sueños (…)

Ahora llevaba el oído al caracol, el caracol

enterrando firme oído en la seda del estanque.

Granizados toronjiles y ríos de velamen congelados,

aguardan la señal de una mustia hoja de oro,

alzada en espiral, sobre el otoño de aguas tan hirvientes(…)

El río en la suma de sus ojos anunciaba

lo que pesa la luna en sus espaldas y el aliento que en halo convertía (…)

Si se aleja, recta abeja, el espejo destroza el río mudo (…)

Pez del frío verde el aire en el espejo sin estrías, racimo de palomas ocultas en la garganta muerta: hija de la flecha y de los cisnes (…)

¿No es la curva corintia traición de confitados mirabeles,

que el espejo reúne o navega, ciego desterrado? (…)

Estirado mármol como un río que recurva o aprisiona

los labios destrozados, pero los ciegos no oscilan (…)

Polvos de luna y húmeda tierra, el perfil desgajado en la nube que es espejo (…)

Narciso, Narciso. Las astas del ciervo asesinado

son peces, son llamas, son flautas, son dedos mordisqueados.

Narciso, Narciso. Los cabellos guiando florentinos reptan perfiles,

labios sus rutas, llamas tristes las olas mordiendo sus caderas.

Si se aleja, recta abeja, el espejo destroza el río mudo.

Pez del frío verde el aire en el espejo sin estrías, racimo de palomas

ocultas en la garganta muerta: hija de la flecha y de los cisnes (…)

Así el espejo averiguó callado, así Narciso en pleamar fugó sin alas”.

 

Tomando los versos que señalé en negrita en el poema completo, hé aquí una especie de “cadáver exquisito” que he “fabricado” con ellos, para hacer énfasis en las figuras poéticas que a juicio de Roger inspiraron a la coreógrafa al “pensar” su ballet y transmitirlo a sus espejos, pero al contrario del espejo lezamiano, sin olvidarse del sonido y de la noche.

 

El ballet Muerte de Narciso

 

Según afirma Roger Salas en su documentado libro, “El ballet Muerte de Narciso de Alicia Alonso es el resultado memorial de su proximidad con diversos bailarines masculinos en su dilatada carrera, algunos partenaires, y otros acompañantes de las itinerantes tropas”, agudo comentario que suscribo, pues conozco al menos uno de los casos, en que uno de sus partenaires, obnubilado por su propia imagen de príncipe danzante, se perdió también en el estanque.

Como tan bien aclara Salas en su paradigmático ensayo, “por indicación de Alicia, la escenografía lleva una luna muy presente y su reflejo”, por donde “Narciso va y viene sobre el reflejo en un acto dubitativo omnipresente en toda la pieza del ballet; sus brazos oscilan entre el rechazo y la búsqueda (…) y se usa una “roca lateral para apoyar a Narciso en receso o breve reposo entre dos acciones de baile”, mientras que “ la cueva o concavidad (central y aforada, usada en Apolo) es sustituida por la oquedad abisal de las aguas donde se hundirá el protagonista”.

“La música de Orbón progresa en su interiorización, casi cerebral, y el Narciso de Alonso corresponde con una mímica de interior convulso, avizora sin saberlo una tragedia de la que será protagonista”.

Un año después de la premiere, encomendada al joven solista del BNC Yanier Gómez –que según el propio Roger “ no fue recibida con demasiado entusiasmo ni por el público ni por la crítica (puede decirse que no fue valorada ni entendida su capacidad evocativa y referencial) –, llegaba en préstamo al Museo Nacional de Bellas Artes de la capital cubana el cuadro de Caravaggio Narciso ( 1597-1598) (…) Y si nada es casual en la agitada vida de Caravaggio y sus obras, como luego aseguraba el propio Lezama Lima con sus enunciados de causalidad para las circunstancias del arte y la vida, tampoco serán casuales estos vectores de encuentoger Salas sobre Muerte de Narciso: un espejo de palabras para entender mejor la danza

 

El mito de Narciso

 

En la versión romana, contada por Ovidio –que es el relato más conocido sobre el mito de Narciso, incluido en su tercer libro de Las Metamorfosis en el año 43 antes de Cristo–, la historia comienza a partir de la concepción del niño Narciso, que fue fruto de la violencia sexual, pues el dios-río Cefiso, después de raptar y violar a la náyade Liriope, engendró en ella a un joven de espléndida belleza, a quien dieron por nombre Narciso. Preguntado sobre si el recién nacido tendría una larga vida, Tiresias, el sabio capaz de predecir el futuro, contestó crípticamente: “Sí, siempre y cuando nunca se conozca a sí mismo”.

A lo largo de su vida, Narciso provocó, en hombres y mujeres, mortales y dioses, grandes pasiones, a las cuales nunca pudo corresponder por su incapacidad para amar y para reconocer al otro. La ninfa Eco, una de las tantas jóvenes enamoradas de Narciso, había disgustado a Hera, la esposa de Zeus, y esta le había impuesto como castigo repetir las últimas palabras de todo lo que escuchara. Un día, mientras Narciso caminaba por el bosque, Eco se apartó de sus compañeros, y cuando él preguntó: “¿Hay alguien aquí?”, Eco respondió: “Aquí, aquí” y Narciso ripostó: “¡Ven!”. Después de repetir: “Ven, ven”, Eco, ilusionada, salió de su escondite entre los árboles con los brazos abiertos, mas Narciso la rechazó sin miramientos, por lo que la ninfa, desolada, se ocultó en una cueva, y allí se consumió hasta que solo quedó su voz. Para castigar a Narciso por su altanera crueldad, Némesis, la diosa griega de la venganza, hizo que se enamorara de su propia imagen, reflejada en “una fuente extremamente clara, plateada, de ondas transparentes, que ni los pastores, ni las cabras que pacen en la montaña ni ningún otro animal habían tocado jamás; que ningún pájaro había enturbiado, ni rama caída del árbol”, según reza en el texto ovidiano, donde, incapaz de dejar de contemplar su propia imagen, acabó arrojándose al agua. En el sitio donde su cuerpo se sumergió nació una hermosa flor, llamada “Narciso” en honor a su memoria.

Existe otra versión anterior, de origen helénico, en la que el joven Ameinias ama a Narciso, quien, como burla, le entrega una espada con la que Ameinias se suicida ante la casa de Narciso, después de rezarle a la diosa Némesis para pedirle que un día Narciso sufra la pena del amor no correspondido. Narciso se enamora entonces de su propia imagen reflejada en un estanque, e intenta seducir al hermoso joven que allí ve, sin darse cuenta de que se trata de él mismo, hasta que intenta besarlo. Transido de dolor, se suicida con su espada, y su cuerpo se convierte en una bella flor conocida como “Narciso”.

 

El Narcisismo de los creadores

 

A su vez, Narcisismo es una alusión al mito de Narciso, amor a la imagen de sí mismo, “amor que dirige el sujeto a sí mismo tomado como objeto”, “desplazamiento de la líbido del individuo hacia el propio cuerpo, hacia el ‘yo’ del sujeto”, concepto planteado por Sigmund Freud, el padre del psicoanálisis, a través de su Introducción del narcisismo, aunque ya lo había utilizado anteriormente en su obra, mas no con tanta precisión conceptual.

No es nada extraño entonces que tantos escritores y poetas –además de Lezama–, como William Shakespeare, Oscar Wilde, Paul Valery, Lope de Vega, Calderón de la Barca, Sor Juana Inés de la Cruz, Federico García Lorca, Antonio Machado, Jorge Guillén, Jorge Luis Borges, Max Aub, Andre Gide, Manuel Altolaguirre, y el propio Roger Salas; varios coreógrafos, como Mijaíl Fokin, Maurice Bejart, Edward Villela, Alicia Alonso –en 1954 y de nuevo en el 2010–, e Iván Tenorio; renombrados pintores y escultores, como Caravaggio, Tintoretto, Placido Constanzi, John William Waterhouse, Paul Dubois y Salvador Dalí ; y reconocidos bailarines, como el mítico Vaslav Nijinski, el propio Fokin, Vladimir Vasiliev, Vladimir Malakov, y ahora Luca Giaccio, hayan sucumbido a la mórbida tentación de ir a las raíces de su propio e inconfesable “narcisismo”, “achacándole” al mito la culpa, mito que les toca tan de cerca, porque todo artista o creador es un enamorado de sí mismo, de su obra, de su creación, como Narciso de su reflejo en el agua, de lo cual el genial Charles Chaplin es uno de sus mejores exponentes, pues como regla general solo veía sus propias películas y no escuchaba otra música que no fuera la suya.

Salvador Dalí, uno de los pintores mencionados –otro hipernarcisista–, publicó un poema con el título de La metamorfosis de Narciso en París en el año 1937, en Éditions Surréalistes, donde recomendaba que debía leerse junto con la observación de su cuadro previo del mismo nombre. Cuando el poema llega a la muerte de Narciso, según la versión de Ovidio, y a su transformación en flor, aparece el amor, Gala, que le salva de su funesto destino. Es en esa estrofa final del poema donde tiene lugar la metamorfosis a que se refiere el título de la obra, mientras que en el cuadro, Dalí expone el drama humano del amor, la muerte y la transformación, conocido como “narcisismo” en psicoanálisis.

En julio de 1938 Dalí viajó a Londres para encontrarse con Freud, y durante la conversación que sostuvieron le mostró el cuadro, del cual Freud comentó: “Hasta hoy, me había inclinado a pensar que los surrealistas –que parece que me eligieron como su santo patrón– estaban totalmente locos. Pero este joven español, de ojos fanáticos y un dominio técnico indiscutible, me ha sugerido una opinión distinta. De hecho, sería muy interesante explorar analíticamente el crecimiento de una obra como esta…”

 

El libro de Roger Salas

 

Roger Salas, en su libro Más allá del escenario: el ballet “Muerte de Narciso” de Alicia Alonso, vuelve sobre el “imantante” mito –como diría Lezama–, ahora revivido por el ballet de la Alonso, y escarba con tino y gusto admirable en los antecedentes de la obra, para que los lectores se puedan ilustrar mejor con las enriquecedoras circunstancias de su argumento, precedentes literarios y coreográficos, y entender el porqué, luego de ver el video del ballet, desechó prontamente su prejuicio, confesado al inicio del texto, de que “lo veía como un ejercicio de consolación, más bien respetable, de poco valor testimonial y duradero”.

Pero Roger no ha estado solo en este empeño vindicador de la coreografía de Alicia Alonso, sino que ha tenido como cómplices exquisitos a la Editorial Cumbres y a Mayda Bustamente, su directora, que se estrenan precisamente con este texto de Salas, que inaugura también los Cuadernos Terpsícore –la musa de la danza– de dicha editorial; una edición muy cuidada, deliciosa, totalmente a la altura de lo que se merece un mito inconmensurable como el de la Alonso, que contó también con la inapreciable colaboración de Pedro Simón, director del Museo Nacional de la Danza de la República de Cuba.

 

Alicia Alonso y José Lezama Lima

“En Alicia Alonso vive, muere, resucita y vuelve a morir para nacer mejor, el venerable grito de la tierra que hace la figura humana un árbol estremecido de ramas incansables”.

José Lezama Lima

Uno de los rasgos más admirables de Alicia Alonso, entre tantos, es su respeto y su admiración por la obra de otros creadores, detalle que desde muy joven siempre la ha caracterizado, muy lejos de esa opinión que la presenta como alguien que solo busca brillar ella. Si así fuera, se hubiera quedado bailando en Nueva York y no hubiera fundado el Ballet Nacional de Cuba, ni tampoco hubiera homenajeado a la Callas con La diva, así que se puede afirmar con toda justicia que la Alonso se ha sobreimpuesto a ese Narciso que como toda gran artista le es intrínseco.

Con respecto al autor del poema Muerte de Narciso, que le inspiró la coreografía homónina, la mutua admiración comenzó muy pronto.

En el año 1943 Alicia participó en los Festivales de Ballet de la Sociedad Pro-Arte Musical de La Habana, en elTeatro Auditórium de La Habana, donde interpretó personajes del repertorio tradicional y bailó en el estreno mundial de varias obras, entre ellas Forma, con coreografía de Alberto Alonso, música de José Ardévol y texto de José Lezama Lima, el 18 de mayo de 1943.

Forma, obra muy ambiciosa, apoyada en una partitura del compositor catalán, radicado en Cuba, José Ardévol, y en un poema de José Lezama Lima (publicado en el programa con ese único título), cuya primera estrofa dice así: “Mi dolor es el arco de la luna/que mi espalda refleja ni la estrella desnuda/que levanta una estrella contemplativa”…., contó con la participación directa de la Coral de La Habana, dirigida por María Muñoz, con Alicia y Fernando Alonso junto a Alexandra Denísova en los roles principales, y la escenografía y vestuario de los arquitectos Emilio del Junco y Eddie Montoulieu.

La crítica de la época, en la revista Grafos-Havanity, con la firma de Antonio Quevedo, publicaría lo siguiente: “Por su importancia, Forma puede parangonearse con los ballets modernos más logrados de nuestros días…. A pesar de la modernidad de Forma, sin apelación a los gustos tradicionales del público, ni en su aspecto coreográfico y mucho menos en el musical, el público lo recibió con verdaderas ovaciones, que por sí solas dicen más de la evolución del gusto colectivo, que todos los artículos periodísticos que sobre Forma han visto la luz….”

En 1949, desde las páginas del Diario de la Marina, el poeta, editor y ensayista, con su característico modo lleno de hipérboles y tan “barroco”, reconocía así la labor fundacional de Alicia:

 

No había entre nosotros la tradición de la danza, ni la del ritmo

elemental en las ceremonias de la invocación o de lo genesíaco.

Pero Alicia Alonso se adelanta en la posesión de muchas

tradiciones, allí donde la danza era cultura, un ejercicio de gracia

y de números para apresar la llama y el instante. (…) ¿Cómo

usted, Alicia Alonso, pudo hallar esa tradición, hacernos pensar a

todos en las posibilidades secretas de expresión y de forma que

algún día podrán ser estilo, aclaradas por la danza y aseguradas en

sus números de ejercicio?

 

Y en su texto Fiesta de Alicia Alonso, fechado en agosto de 1973, escribió:

 

Ella nos ha regalado lo que gusto de llamar el curso délfico, basado en una frase del Oráculo de Delfos: lo bello es lo más justo, la salud lo mejor, obtener lo que se ama es la más dulce prenda. No ha tenido que formar una escuela, bastaba su ejemplo, como una gran bailarina española decía: yo enseño bailando. Como el Sileno el día antes de su muerte, debe haber oído la voz de su daimon que le decía: ejercítate en la música. Inmediatamente el Sileno interpretó las voces y cogió su pequeña flauta y comenzó a ejercitar alguna nueva tonadilla. De la misma manera esa voz ha repetido constantemente por boca de Alicia Alonso a los cubanos: ejercítate en la danza.

(…) Para lograr que el cuerpo adquiriese su segunda naturaleza arquetípica, cuánta historia inverosímil de detalles, de sacrificios, de ejercicios donde la gracia se convierte en una exigencia sin límites. Su arte se ha mantenido a través del tiempo porque en el fondo de su maestría está el sacrificio —sacrificar está siempre en el fondo de la danza—, el renunciamiento a todos los disfrutes banales. Por eso ha podido trascender nuestras fronteras y ofrecer un arte universal. Cuando baila en París, por ejemplo, nos hace recordar una de las grandes épocas del ballet y soñamos que desde un palco la contemplan Proust, Matisse o Braque. Si algún día Alicia Alonso se decidiese a mostrar la historia de sus gestos, de sus movimientos, qué deliciosa novela proustiana no tendríamos.

 

El libro Alicia Alonso por José Lezama Lima fue consecuencia de una feliz iniciativa del doctor Pedro Simón, allá por el año 1994, para ser presentado durante el Festival Internacional de Ballet de La Habana; una verdadera joya, pues lo completan viñetas inéditas (hasta entonces) del ilustre artista de la plástica René Portocarrero; dibujos que habían sido obsequiados a Alicia por el pintor. Luego se tuvo la idea de reimprimir el texto, y tal ocasión fue propiciada por la conjunción del centenario del nacimiento de José Lezama Lima y del nonagésimo cumpleaños de Alicia en el 2010.

Alicia fue amiga de casi todos los poetas del Grupo Orígenes, quienes le dedicaron sentidas composiciones, y las crónicas “lezamianas” nos posibilitan un mejor acercamiento a la obra del inquilino de Prado y Trocadero, y su oportuna publicación y presentación durante los festejos por el natalicio de ambas figuras fue el mejor homenaje para estas dos figuras icónicas de la cultura cubana y universal, que tanto se admiraron y respetaron mutuamente en vida de Lezama, admiración que no ha cesado por parte de Alicia después de la muerte del poeta.

 

Alicia, la coreógrafa y sus espejos

Además de ser una de bailarinas más grandes de la historia, Alicia Alonso ha incursionado también con éxito en la coreografía. Desde que hizo su debut en 1942 como coreógrafa, con las obras La condesita y La tinaja –que además interpretó como bailarina–, la Alonso ha dado vida a más de medio centenar de coreografías y puestas en escena, que han sido bailadas en su gran mayoría por el Ballet Nacional de Cuba, muchas de ellas protagonizadas por la propia prima ballerina assoluta.

Sus versiones escénicas de varios ballets clásicos, como Giselle y La bella durmiente, entre otros, forman parte del repertorio de algunas de las más conocidas casas de ballet del orbe, como la Ópera de París, la Ópera de Viena, la Scala de Milán, el Teatro Colón de Buenos Aires, el Teatro San Carlo de Nápoles y la Ópera de Praga.

“No trato de hacer un ballet para una música. Cuando yo tengo un tema en la cabeza y oigo la música, digo: “Esa me gusta, me gusta”. Y entonces me dicen de qué compositor es. Y puedo hacer entonces mi ballet con esa música. Si tengo una idea y lo que escucho me pega, pues entonces va con él”, ha explicado la Alicia coreógrafa sobre la selección de la música para sus trabajos.

Durante la presentación del libro de Roger Salas en Madrid, junto al autor; su editora, Mayda Bustamante, y su esposo, Pedro Simón, director del Museo Nacional de la Danza, Alonso ha dicho: “Ha hecho consciente mi inconsciente. Me ha sorprendido la profundidad de su análisis (…) ¿Y se preguntan cómo se compone una coreografía sin ver? Sí, yo no veo bien, pero hago coreografías. Yo veía muy bien y mi cerebro —con tantas computadoras, ¿han olvidado ustedes que existe un computador mucho mejor?— ha guardado todo. Con dos ayudantes, uno para la música y otro para que escriba los pasos, logro verlo todo”.

Como ella misma ha reconocido, mientras su vista se lo permitió, “nunca dejó de mirar lo que bailaba”, lo que le ahora le permite construir “mentalmente” las coreografías. “La inspiración no se me acabará mientras viva”, ha dicho a la agencia de noticias EFE, “y espero sean 200 años”.

“Recuerdo más o menos la primera vez que hicimos Narciso. Lo monté, y justo antes del estreno tuve que irme a bailar a Estados Unidos, porque tenía un contrato. Nunca pude verlo terminado en escena y me quedé con ese deseo, con esa cosa por dentro. Yo quería verlo… Este nuevo montaje que estudia Roger Salas en el libro recoge una idea totalmente nueva, con todas las cosas que me habló Pedro Simón sobre Lezama Lima. Lo estudié bien profundo. Es completamente diferente”.

Aquel ballet a que se refiere Alicia se llamó Narciso y eco (1954), con música de Maurice Ravel, según datos proporcionados a Roger Salas por Pedro Simón, quien fue por cierto amigo de Lezama y hasta trabajó junto a él, según testimonio de la propia diva sobre la relación de su esposo con el escritor.

Aunque con distintas coreografías, la historia de Narciso, el joven enamorado de su propia imagen, se repite, pero ahora con un desenlace diferente. A juicio de la bailarina, “se trata de uno de los mitos griegos de mayor vigencia, clave en los tiempos del ego”. Luego abunda: “Su actualidad está en los jóvenes de hoy en día, es una lección para cualquiera de ellos. Esta coreografía es un estudio profundo sobre cómo uno se puede meter tan, tan dentro de sí mismo, hasta llegar a desaparecer. Leer el poema o verla es bueno para cualquier joven, porque la cultura es muy nutritiva, tanto como la comida”.

Muerte de Narciso, con música de Julián Orbón, telón de José Luis Fariñas y diseños de Ricardo Reymena, fue estrenado en el Gran Teatro de La Habana durante el 22º Festival Internacional de Ballet en el 2010, año del centenario del nacimiento de Lezama.

“No podíamos estar ajenos al centenario de Lezama. Lo conocí, tuvo palabras muy lindas hacia mí, y compartimos tareas en los primeros tiempos de la UNEAC (Unión de Escritores y Artistas de Cuba), cuando ambos fuimos vicepresidentes de la organización encabezada por Nicolás Guillén”, declaró Alicia en esa ocasión al diario Granma, y señaló que, en el caso de Muerte de Narciso, imaginó “a un joven en contacto con la naturaleza”.

“Para Lezama, al contrario del mito clásico, Narciso no acaba arrojándose al agua, sino trasciende al fugarse” , precisó Alonso, que utilizó para la obra piezas sinfónicas del cubano Julián Orbón, uno de los miembros del grupo Orígenes, fundado precisamente por Lezama.

 

El poema:

Muerte de Narciso

José Lezama Lima (1937)

Dánae teje el tiempo dorado por el Nilo

envolviendo los labios que pasaban

entre labios y vuelos desligados.

La mano o el labio o el pájaro nevaban.

Era el círculo en nieve que se abría.

Mano era sin sangre la seda que borraba

la perfección que muere de rodillas

y en su celo se esconde y se divierte.

Vertical desde el mármol no miraba

la frente que se abría en loto húmedo.

En chillido sin fin se abría la floresta

al airado redoble en flecha y muerte.

¿No se apresura tal vez su fría mirada

sobre la garza real y el frío tan débil

del poniente, grito que ayuda la fuga

del dormir, llama fría y lengua alfilereada?

Rostro absoluto, firmeza mentida del espejo.

El espejo se olvida del sonido y de la noche

y su puerta al cambiante pontífice entreabre

Máscara y río, grifo de los sueños.

Frío muerto y cabellera desterrada del aire

que le crea, del aire que le miente son

de vida arrastrada a la nube y a la abierta

boca negada en sangre que se mueve.

Ascendiendo en el pecho sólo blanda,

olvidada por un aliento que olvida y desentraña.

Olvidado papel, fresco agujero al corazón

saltante se apresura y la sonrisa al caracol.

La mano que por el aire líneas impulsaba

seca, sonrisas caminando por la nieve.

Ahora llevaba el oído al caracol, el caracol

enterrando firme oído en la seda del estanque.

Granizados toronjiles y ríos de velamen congelados,

aguardan la señal de una mustia hoja de oro,

alzada en espiral, sobre el otoño de aguas tan hirvientes.

Dócil rubí queda suspirando en su fuga ya ascendiendo.

Ya el otoño recorre las islas no cuidadas, guarnecidas

islas y aislada paloma muda entre dos hojas enterradas.

El río en la suma de sus ojos anunciaba

lo que pesa la luna en sus espaldas y el aliento que en halo convertía.

Antorchas como peces, flaco garzón trabaja noche y cielo,

arco y cestillo y sierpes encendidos, carámbano y lebrel.

Pluma morada, no mojada, pez mirándome, sepulcro.

Ecuestres faisanes ya no advierten mano sin eco, pulso desdoblado:

los dedos en inmóvil calendario y el hastío en su trono cejijunto.

Lenta se forma ola en la marmórea cavidad que mira

por espaldas que nunca me preguntan, en veneno

que nunca se pervierte y en su escudo ni potros ni faisanes.

Como se derrama la ausencia en la flecha que se aísla

y como la fresa respira hilando su cristal,

así el otoño que en su labio muere, así el granizo

en blando espejo destroza la mirada que le ciñe,

que le miente la pluma por los labios, laberinto y halago

le recorre junto a la fuente que humedece el sueño.

La ausencia, el espejo ya en el cabello que en la playa

extiende y el aislado cabello pregunta y se divierte.

Fronda leve vierte la ascensión que asume.

¿No es la curva corintia traición de confitados mirabeles,

que el espejo reúne o navega, ciego desterrado?

Ya sólo cae el pájaro, la mano que la cárcel mueve,

los dioses hundidos entre la piedra, el carbunclo y la doncella.

Si la ausencia pregunta con la nieve desmayada,

forma en la pluma, no círculos que la pulpa abandona sumergida.

Triste recorre – curva ceñida en ceniciento airón–

el espacio que manos desalojan, timbre ausente

y avivado azafrán, tiernos redobles sus extremos.

Convocados se agitan los durmientes, fruncen las olas

batiendo en torno de ajedrez dormido, su insepulta tiara.

Su insepulta madera blanda el frío pico del hirviente cisne.

Reluce muelle: falsos diamantes; pluma cambiante: terso atlas.

Verdes chillidos: juegan las olas, blanda muerte el relámpago en sus venas.

Ahogadas cintas mudo el labio las ofrece.

Orientales cestillos cuelan agua de luna.

Los más dormidos son los que más se apresuran,

se entierran, pluma en el grito, silbo enmascarado, entre frentes y garfios.

Estirado mármol como un río que recurva o aprisiona

los labios destrozados, pero los ciegos no oscilan.

Espirales de heroicos tenores caen en el pecho de una paloma

y allí se agitan hasta relucir como flechas en su abrigo de noche.

Una flecha destaca, una espalda se ausenta.

Relámpago es violeta si alfiler en la nieve y terco rostro.

Tierra húmeda ascendiendo hasta el rostro, flecha cerrada.

Polvos de luna y húmeda tierra, el perfil desgajado en la nube que es espejo.

Frescas las valvas de la noche y límite airado de las conchas

en su cárcel sin sed se destacan los brazos,

no preguntan corales en estrías de abejas y en secretos

confusos despiertan recordando curvos brazos y engaste de la frente.

Desde ayer las preguntas se divierten o se cierran

al impulso de frutos polvorosos o de islas donde acampan

los tesoros que la rabia esparce, adula o reconviene.

Los donceles trabajan en las nueces y el surtidor de frente a su sonido

en la llama fabrica sus raíces y su mansión de gritos soterrados.

Si se aleja, recta abeja, el espejo destroza el río mudo.

Si se hunde, media sirena al fuego, las hilachas que surcan el invierno

tejen blanco cuerpo en preguntas de estatua polvorienta.

Cuerpo del sonido el enjambre que mudos pinos claman,

despertando el oleaje en lisas llamaradas y vuelos sosegados,

guiados por la paloma que sin ojos chilla,

que sin clavel la frente espejo es de ondas, no recuerdos.

Van reuniendo en ojos, hilando en el clavel no siempre ardido

el abismo de nieve alquitarada o gimiendo en el cielo apuntalado.

Los corceles si nieve o si cobre guiados por miradas la súplica

destilan o más firmes recurvan a la mudez primera ya sin cielo.

La nieve que en los sistros no penetra, arguye

en hojas, recta destroza vidrio en el oído,

nidos blancos, en su centro ya encienden tibios los corales,

huidos los donceles en sus ciervos de hastío, en sus bosques rosados.

Convierten si coral y doncel rizo las voces, nieve los caminos,

donde el cuerpo sonoro se mece con los pinos, delgado cabecea.

Mas esforzado pino, ya columna de humo tan aguado

que canario es su aguja y surtidor en viento desrizado.

Narciso, Narciso. Las astas del ciervo asesinado

son peces, son llamas, son flautas, son dedos mordisqueados.

Narciso, Narciso. Los cabellos guiando florentinos reptan perfiles,

labios sus rutas, llamas tristes las olas mordiendo sus caderas.

Pez del frío verde el aire en el espejo sin estrías, racimo de palomas

ocultas en la garganta muerta: hija de la flecha y de los cisnes.

Garza divaga, concha en la ola, nube en el desgaire,

espuma colgaba de los ojos, gota marmórea y dulce plinto no ofreciendo.

Chillido frutados en la nieve, el secreto en geranio convertido.

La blancura seda es ascendiendo en labio derramada,

abre un olvido en las islas, espada y pestañas vienen

a entregar el sueño, a rendir espejo en litoral de tierra y roca impura.

Húmedos labios no en la concha que busca recto hilo,

esclavos del perfil y del velamen secos el aire muerden

al tornasol que cambia su sonido en rubio tornasol de cal salada

busca en lo rubio espejo de la muerte, concha del sonido.

Si atraviesa el espejo hierven las aguas que agitan el oído.

Si se sienta en su borde o en su frente el centurión pulsa en su costado.

Si declama penetran en la mirada y se fruncen las letras en el sueño.

Ola de aire envuelve secreto albino, piel arponeada,

que coloreado espejo sombra es de recuerdo y minuto del silencio.

Ya traspasa blancura recto sinfín en llamas secas y hojas lloviznadas.

Chorro de abejas increadas muerden la estela, pídenle el costado.

Así el espejo averiguó callado, así Narciso en pleamar fugó sin alas.

Lo que expresa la luna en sus espaldas

 

“Rostro absoluto, firmeza mentida del espejo.

El espejo se olvida del sonido y de la noche

y su puerta al cambiante pontífice entreabre

Máscara y río, grifo de los sueños (…)

Ahora llevaba el oído al caracol, el caracol

enterrando firme oído en la seda del estanque.

Granizados toronjiles y ríos de velamen congelados,

aguardan la señal de una mustia hoja de oro,

alzada en espiral, sobre el otoño de aguas tan hirvientes(…)

El río en la suma de sus ojos anunciaba

lo que pesa la luna en sus espaldas y el aliento que en halo convertía (…)

Si se aleja, recta abeja, el espejo destroza el río mudo (…)

Pez del frío verde el aire en el espejo sin estrías, racimo de palomas ocultas en la garganta muerta: hija de la flecha y de los cisnes (…)

¿No es la curva corintia traición de confitados mirabeles,

que el espejo reúne o navega, ciego desterrado? (…)

Estirado mármol como un río que recurva o aprisiona

los labios destrozados, pero los ciegos no oscilan (…)

Polvos de luna y húmeda tierra, el perfil desgajado en la nube que es espejo (…)

Narciso, Narciso. Las astas del ciervo asesinado

son peces, son llamas, son flautas, son dedos mordisqueados.

Narciso, Narciso. Los cabellos guiando florentinos reptan perfiles,

labios sus rutas, llamas tristes las olas mordiendo sus caderas.

Si se aleja, recta abeja, el espejo destroza el río mudo.

Pez del frío verde el aire en el espejo sin estrías, racimo de palomas

ocultas en la garganta muerta: hija de la flecha y de los cisnes (…)

Así el espejo averiguó callado, así Narciso en pleamar fugó sin alas”.

 

Tomando los versos que señalé en negrita en el poema completo, hé aquí una especie de “cadáver exquisito” que he “fabricado” con ellos, para hacer énfasis en las figuras poéticas que a juicio de Roger inspiraron a la coreógrafa al “pensar” su ballet y transmitirlo a sus espejos, pero al contrario del espejo lezamiano, sin olvidarse del sonido y de la noche.

 

El ballet Muerte de Narciso

 

Según afirma Roger Salas en su documentado libro, “El ballet Muerte de Narciso de Alicia Alonso es el resultado memorial de su proximidad con diversos bailarines masculinos en su dilatada carrera, algunos partenaires, y otros acompañantes de las itinerantes tropas”, agudo comentario que suscribo, pues conozco al menos uno de los casos, en que uno de sus partenaires, obnubilado por su propia imagen de príncipe danzante, se perdió también en el estanque.

Como tan bien aclara Salas en su paradigmático ensayo, “por indicación de Alicia, la escenografía lleva una luna muy presente y su reflejo”, por donde “Narciso va y viene sobre el reflejo en un acto dubitativo omnipresente en toda la pieza del ballet; sus brazos oscilan entre el rechazo y la búsqueda (…) y se usa una “roca lateral para apoyar a Narciso en receso o breve reposo entre dos acciones de baile”, mientras que “ la cueva o concavidad (central y aforada, usada en Apolo) es sustituida por la oquedad abisal de las aguas donde se hundirá el protagonista”.

“La música de Orbón progresa en su interiorización, casi cerebral, y el Narciso de Alonso corresponde con una mímica de interior convulso, avizora sin saberlo una tragedia de la que será protagonista”.

Un año después de la premiere, encomendada al joven solista del BNC Yanier Gómez –que según el propio Roger “ no fue recibida con demasiado entusiasmo ni por el público ni por la crítica (puede decirse que no fue valorada ni entendida su capacidad evocativa y referencial) –, llegaba en préstamo al Museo Nacional de Bellas Artes de la capital cubana el cuadro de Caravaggio Narciso ( 1597-1598) (…) Y si nada es casual en la agitada vida de Caravaggio y sus obras, como luego aseguraba el propio Lezama Lima con sus enunciados de causalidad para las circunstancias del arte y la vida, tampoco serán casuales estos vectores de encuentro en la de Alonso”.

Otro de los grandes méritos del libro de Roger Salas sobre Muerte de Narciso es que el crítico ha decidido involucrarse en la próxima reposición del ballet, dados sus innegables méritos, donde será el encargado de los nuevos diseños, y esta vez su nuevo intérprete será el intérprete, el bailarín napolitano, estrella del Ballet de la Ópera de Roma, Luca Giaccio.

Invito a todos los lectores amantes del ballet a “sumergirse” en esta fuente de sabiduría que es el libro de Roger Salas, donde, a diferencia de Narciso, sobrevivirán la zambullida.

Baltasar Santiago Martín

Fundación APOGEO

Miami, 8 de octubre del 2012