Luca Giaccio, fiel heredero napolitano de lo mejor de la “escuela italiana de ballet”

Luca Giaccio, fiel heredero napolitano de lo mejor de la “escuela italiana de ballet”

giaccio“Todo se lo debo a ‘la escuela italiana”. Alicia Alonso, en conversación informal con Anna Razzi y Roger Salas, el 11 de septiembre del 2012, en Positano, Italia.

Nápoles, esa ciudad de belleza robusta, cálida y lujuriosa —casi pagana—, de la que me enamoré cuando la visité en abril de este año, es la patria chica del bailarín Luca Giaccio, que lo vio nacer el 22 de marzo de 1989 — no por casualidad sino por “causalidad” —, para ser el heredero de lo mejor de la “escuela italiana de ballet”. Aceptada sin remilgos ni dudas su innata vocación para la danza, Luca cursó sus estudios secundarios y preuniversitarios en la Escuela de Arte de Pozzuoli y luego asistió a la escuela del Teatro Real di San Carlo — la más antigua de Italia; este año cumple 200 años—, bajo la dirección de Anna Razzi, donde complementó sus estudios con una beca del Cannes Jeune Ballet, de Monique Loudières (2004), y en la Academia Princesa Grace de Mónaco, y se graduó en el 2007. Al día siguiente de su graduación entró a formar parte del Teatro de la Ópera de Roma, dirigido por Carla Fracci.
En julio del 2007 su foto apareció en la portada de Danse Magazine, publicada en París.
En el 2008 fue elegido por Ángel Corella para incorporarse a la Compañía de Ballet Clásico de Castilla y León.
Luego formó parte del Ballet de Víctor Ullate -Comunidad de Madrid, con el cual se destacó, entre otros, en el papel de Franz en la Coppelia que se presentó en El Escorial el 4 de enero del 2011, así como en la celebración en el Santuario de La Fuencisla de la fiesta de la Inmaculada, a inicios de diciembre del 2010, donde interpretó varias piezas de danza en el presbiterio del templo dedicadas a la patrona de Segovia.
Hasta hace poco bailarín de la compañía de Víctor Ullate ya mencionada, ahora se encuentra destacado en la Ópera de Roma, bajo la dirección de la gran bailarina Carla Fracci.
Ha recibido varios premios, entre ellos el Premio Positano para las Artes del Ballet, en el año 2006; el Premio al Talento Emergente, por su papel protagónico en el ballet La bella durmiente, con coreografía de Rudolf Nureyev ; una mención a la mejor interpretación en Chaikovski Pas de Deux, en el año 2009, y el Premio Positano otorgado por el prestigioso crítico italiano de ballet clásico, Alberto
Testa. También recibió una crítica sobresaliente de parte del periodista y director de Danse Magazine, Michel Odin.
Ha actuado en París, Londres, Roma, Milán, Florencia, Nueva York, Los Ángeles y México, entre otras importantes plazas mundiales, y participó en el Festival Internacional de Ballet de La Habana, que se celebró entre el 28 de octubre y el 11 de noviembre del 2012, donde interpretara el ballet Muerte de Narciso, coreografiado por Alicia Alonso, la prima ballerina assoluta cubana.
“Tuve dos profesores muy buenos: una rusa, llamada Alexandra Fedórova, y un italiano, Enrico Zanfretta. De la cintura para abajo, pienso que el italiano; de la cintura para arriba, la rusa” — contestaría Alicia una pregunta sobre las mayores influencias de su carrera, pero ahora, en conversación informal con Anna Razzi y Roger Salas, en Positano, durante la gala del Premio Positano/ Leónide, celebrada el pasado 11 de septiembre, les manifestó que “Todo se lo debo a ‘la escuela italiana”’.
Precisamente Luca, a quien considero fiel heredero de esa escuela, fue el bailarín escogido por Anna Razzi, directora del Escuela de Ballet del Teatro San Carlo de Nápoles donde Luca estudió, para representarla en dicha gala —donde Razzi fue también premiada—, y el premio a la carrera recayó en Alicia Alonso, de 92 años, la mítica artista cubana considerada un mito viviente de la danza, quien en el mismo acto recibió la Medalla de Oro de Roma, que le había concedido dos días antes el alcalde la capital italiana, Gianni Alemanno.
Luca hizo La muerte del cisne, de Michel Descombey, pieza que fue también una de las escogidas por él para presentarse en el XVII Festival Internacional de Ballet de Miami, celebrado del 25 de agosto al 16 de septiembre del 2012, bajo la dirección del incansable maitre Pedro Pablo Peña, donde tuve la oportunidad de verlo brillar y de entrevistarlo para conocer un poco más de su vida y de su carrera.

Luca, cuando tan joven decidiste estudiar ballet, ¿estabas consciente de la enorme responsabilidad que te echabas sobre tus hombros, al hacerlo nada menos que en Nápoles, con una escuela de tanta historia y prestigio mundial?

Empecé con la gimnasia a los 4 años, pues mi madre era entrenadora de un equipo italiano. Luego, a los 8 años, hice el concurso de entrada en la Escuela del Teatro San Carlo de Nápoles y me seleccionaron. Cuando uno es niño no entiende de este tipo de responsabilidades, pero sí es importante lo que inculcan los maestros, sobre todo el respeto por los mayores y la tradición.

¿Sufriste cuestionamientos y rechazos por parte de tu familia y amigos por tu decisión de estudiar ballet?

De parte de mi familia no, en lo absoluto; tuve los problemas normales con mis amigos (compañeros de colegio) cuando era más pequeño, pero se resolvieron. A la hora de crecer y madurar, esos chicos de los problemas cambiaron de opinión.

Tengo entendido que existe una cierta rivalidad entre Nápoles y Roma en cuanto a la primacía en el ballet clásico, ¿hubieras preferido quedarte en tu ciudad en vez de ir a Roma si en Nápoles hubiera una compañía de tanta importancia como la de la Ópera de Roma?

No hay rivalidad alguna. De hecho, algunos egresados de Roma van a Nápoles y del conservatorio de Nápoles a Roma. Es lo normal y siempre ha pasado. Nápoles, como Roma, es un Ente Lírico y tiene también su compañía de repertorio. Quedarse en Nápoles no tendría sentido más que por mi familia, pues el futuro profesional del bailarín está donde esté el trabajo.

¿Cómo fue trabajar bajo las órdenes de Carla Fracci en el 2007, recién graduado?; ¿por qué te fuiste en el 2008 para el Ballet Clásico de Castilla y León, con Angel Corella?, y ahora que regresaste a Roma, ¿cuál es la razón y la diferencia con el 2007?

Con la Sra. Fracci fue estupendo. Ella me llamó al graduarme con 18 años; luego vino para mí la etapa en el Ballet de Ángel Corella; ahora estoy de nuevo en el Ballet de la Ópera de Roma (que ahora dirige Misha Van Hoecke). En medio, estuve un año en la compañía de Víctor Ullate en Madrid, donde el trabajo también fue muy productivo. Ullate es un maestro estupendo con el que siempre se aprenden cosas.

¿Cuáles son tus roles preferidos?

Estoy recuperando el pas de deux Sylvia (Balanchine), que ya he bailado en el Festival Internacional de Ballet de La Habana con la primera bailarina del BNC Sadaise Arencibia, y que fue la pieza con la que me gradué. Al mismo tiempo, estudio el Albrecht de Giselle y otros roles individuales que me permiten expresarme artísticamente, como es el caso de La muerte de un cisne (de Michel Descombey) o Muerte de Narciso (de Alicia Alonso), donde no solo está el lucimiento de la técnica sino lo profundo de la expresión, el querer decir algo que sea Arte.

¿Acostumbras a comprar dvds de danza?, ¿qué nombres te llaman más la atención a la hora de elegir?

Para mí el dvd de danza es un material de consulta y de trabajo, y soy de la opinión de que hay que verlos todos, de todas las escuelas y de todos los estilos. También los videos son útiles para memorizar la parte mecánica de las coreografías, pero debo aclarar que yo soy de los que pienso que nada sustituye al ensayador con experiencia, que es quien te da el estilo.

¿Cuál es el premio que has recibido con mayor emoción?

En 2006 recibí el Premio Positano, y eso fue inolvidable. Pero creo también que los premios son solamente un estímulo para mantenerse en forma y mejorar. Los premios se ponen en una repisa y ahí se quedan.

Cuéntame cómo se concertó esa participación tuya como intérprete de Muerte de Narciso, con coreografía nada menos que de la mítica Alicia Alonso, en el pasado Festival Internacional de Ballet de La Habana del 2012.

Todo vino de una manera muy natural. Ellos en Cuba buscaban un biotipo específico para el rol de Narciso, y al parecer, yo lo cumplía. Esta ha sido y es una oportunidad excepcional en la carrera de cualquier bailarín joven, y la verdad es que me llena de motivación para seguir mejorando. Sé que bailaré el Narciso muchas veces en mi carrera, y que es un papel lleno de posibilidades artísticas, además de muy difícil de bailar. Ya lo hice también después de La Habana en el Teatro San Carlo de Nápoles.

¿Qué te ha parecido el XVII Festival Internacional de Ballet de Miami, al que acudiste por primera vez?

Volveré encantado si me lo piden; la atmósfera es muy relajada y cordial, tanto entre los artistas como con la organización, que se ve que hacen un gran esfuerzo para hacer algo así. El público es excepcional y conocedor, y me doy cuenta de cuánto ha tenido que luchar Pedro Pablo Peña para fundar algo así en Miami, un tipo de festival que existe en muy pocos sitios. También pienso que el ballet y los festivales deben servir para unir a la gente de la profesión. En el mundo global de hoy sin ese intercambio no somos nada.

Para finalizar nuestra conversación, ¿cuáles consideras que han sido las influencias más importantes en tu formación como bailarín?

Seguramente la Sra. Anna Razzi, como la primera persona, y la escuela napolitana donde estudié. Razzi ha sido decisiva en mi posicionamiento y desarrollo personal, pero también quiero mencionar a Iride Sauri, que me ha ayudado mucho cuando estaba bajo de moral, o cansado, y ha sabido instruirme para sobrevivir en esta profesión con los métodos que usaba con sus propios hijos bailarines, desde los consejos profesionales hasta los humanos o al ungüento para los músculos. Sauri, junto a Razzi, me han completado, puedo decir.
Y en cuanto a modelo, puedo citar con seguridad a Paolo Bortoluzzi, un gran artista italiano que hacía igual de bien un clásico que una pieza moderna, y que mostraba una versatilidad extraordinaria en un papel romántico y al día siguiente en uno de Béjart. También veo la personalidad escénica de Nureyev como algo subyugante, pero muy personal. También he aprendido que el arte del ballet no puede ser nunca el arte de la imitación, sino de encontrar tu propia voz, con tus propios recursos, y eso es algo que lo da únicamente el trabajo. A veces veo chicos con mucho talento y condiciones que no trabajan lo suficiente ni rigurosamente todo lo que deberían; es ver cómo desperdician el talento con que han nacido, y eso no es justo. Mis maestros me han enseñado que la ética del ballet es el trabajo, y como dice un crítico amigo mío: “El espejo es tan útil como que puede ser también un enemigo”.

Baltasar Santiago Martín
Fundación APOGEO para el arte público
Miami, 2 de diciembre del 2012

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